El horror viste de azulgrana

El horror viste de azulgrana (IV). Alfonso.

26 agosto , 2013

alfonsito

 

Que el patatal del Getafe llevara su nombre debería habernos hecho sospechar. Fueron los propios vecinos de esta localidad los que oficiaron en votación el bautismo, cosa que, vista en perspectiva, es una injusticia histórica para getafeños puros que sí sudaron esa horrenda camiseta, como Güiza, el Cata Díaz o el mito Pedro León.

El caso es que Alfonso Pérez daba nombre a un estadio desde dos años antes de que Gaspart decidiera tirar 3.000 millones de pesetas por él. Lo hizo a petición de Serra Ferrer, un señor con bigote y afinidades políticas próximas a las de Núñez que una vez entrenó este equipo.

No negaremos que el tío tenía un pasado. Con el Betis firmó alguna que otra obra de arte, un día le rompió la cintura por siete sitios a Bogarde y obró aquel milagro con la Selección que acabó con Guardiola y Camacho abrazados en medio campo. Lo triste de analizar el papel de Alfonso en el Barça es admitir que llegó a ilusionarnos. Eran los días de lujuria gaspartiana posteriores a la venta de Judas. Y creímos.

Pues bien, Alfonso, el de “Qué bonitos, qué bonitos son los goles de Alfonsito”, el de los 3.000 millones, cumplió con la cantinela e hizo la friolera de dos goles en 21 partidos de Liga, con el agravante de que él y sus fraudulentas botas doradas los anotaron ambos en un mismo choque, jugado en Anoeta. Basta decir que Saviola y Dani García rindieron mucho más, por no hablar de Kluivert.

Alfonso acabó cedido al cabo de año y medio al Olympique de Marsella, reptó durante un tiempo y se retiró. Fue entonces cuando supimos de su de su talla moral. Primero atacó a Guardiola por sentirse catalán -¡Anatema! ¡A mí la legión!- y luego culminó su atraco al Camp Nou eligiendo lucir la camiseta de los veteranos de La Banda.

Bonus track: Cuentan que al padre de Alfonso le tocó negociar el contrato de su hijo con Nike allá por 1996. Al otro lado de la mesa, un asombrado Sandro Rosell le escuchó decir que su chaval era el mejor jugador del mundo (eran tiempos del Ronaldo del Barça, por ubicarles). Cuando al fin se pusieron de acuerdo, Pérez padre avisó de que tocaba hablar del “segundo mejor del mundo”. Hablaba de un segundo hijo, un tal Iván Pérez, que ni era negro, ni repartía estopa en las piscinas de waterpolo, ni, es de suponer, tiene estadios a su nombre.