Liga

Campeón sitiado

24 agosto , 2015

La Liga está de vuelta, amigos. Y poco ha hecho falta para que comprendamos el nuevo reto al que nos enfrentamos. Han bastado tres incómodos choques ante el Athletic para dejarlo claro: primero y más importante, el vestuario ha perdido su hambre esteparia y habrá centrales que optarán por defecarse en la memoria de la abuela del línier cuando no hace tanto preferían apretar la mandíbula y defender un córner. El segundo, que la plantilla es corta, cortísima, y repleta de suplentes de nivel infarto de miocardio. La sanción de la FIFA impide que Arda y Aleix Vidal puedan jugar hasta enero, con lo que las rotaciones, imprescindibles a este nivel y con seis competiciones a cuestas, huelen, ya en pleno agosto, a ruleta rusa.

Si la precariedad que debe gestionar Luis Enrique ya era evidente, la factura de La Catedral (de La Catedral de los Tacos en la Espinilla, se entiende) ha añadido diversión al asunto con las lesiones de Alves y Busquets. Estamos, pues, ante un campeón sitiado, que deberá resistir como pueda a la llegada de los refuerzos. El objetivo es obvio: no descolgarse demasiado en Liga (un margen de -4 puntos, como el pasado año por Navidad, sería aceptable) y superar las rondas de Copa, además de no hacer la gran cagada en Champions. Aguantar, aguantar hasta enero: ésa debe ser la obsesión.

Existen registros arqueológicos de ejercicios de resistencia de esa magnitud. En el segundo año de Rijkaard, cuando Ronaldinho y Eto’o volaban para reconquistar la Liga, una plaga de lesiones de rodilla dejó al Barça en el puro esqueleto. Cuatro suplentes se dejaron la rodilla (Motta, Gabri, Edmilson y Larsson) y doce tíos (Valdés; Belletti, Oleguer, Puyol, Gio; Márquez, Xavi, Deco; Giuly, Eto’o y Ronaldinho, asistidos por Iniesta como primer suplente) sacaron aquello adelante. El papel de los recambios fue ínfimo: Sylvinho acabó la Liga con 883 minutos y fue el único que jugó el equivalente a más de siete partidos enteros. El resto, miseria: fue una Liga ganada por la heroica convicción de doce titulares.

Pero nada puede ocultar que aquello vino dado por las desgracias y lo de ahora por un cambio de modelo. La política del Barça durante su triunfal década prodigiosa queda en el olvido. De alguna forma, hemos dejado de competir con la plantilla, que tuvo superestrellas y al mejor jugador del planeta en cada una de esas diez temporadas pero también a cuatro o cinco recambios de nivel. Ahora, competimos sólo con un once que quita el hipo y del que aún se recuperan en Turín y Munich. Es el precio de tener una delantera supersónica: la clase media se ha quedado sin presupuesto y La Masia ha estado menos prolija. Vean los años en que ganamos Champions: en 2005, en el banquillo había gente como Oleguer, Sylvinho, Motta, Van Bommel, Larsson, Iniesta o Messi. En 2009, teníamos entre los suplentes a tíos como Márquez, Milito, Sylvinho, Busquets, Keita, Pedro o Bojan. En 2011, a Adriano, Maxwell, Milito, Keita, Mascherano, Afellay o Bojan. En 2015 -y como ven, la cosa va a menos-, a Ter Stegen, Mathieu, Xavi y Pedro. Y este año, pues ya saben: al portero y a Mathieu. El resto (Douglas, Vermaelen, Bartra, Adriano, Sergi Roberto, Rafinha, Sandro o Munir) están entre la nostalgia, la carcajada, la sospecha y la esperanza. Pero da miedo pensar en que con tres de estos haya que remontar un resultado adverso en el estadio de alguno de los petrogerifaltes del planeta fútbol.

Así pues, toca aguantar estos cuatro meses como sea. Toda la confianza en el talento y el orgullo del once para aguantar las murallas. Como dicen en Victus, Biblia de los pueblos sitiados, «cuando toda la ciudad te está mirando, se necesita mucho valor para ser un cobarde». Y respecto a ese banquillo amigo de las unidades de emergencias cardiovasculares, ese mismo libro nos regala un punto de optimismo: «Guerrear con gente a la que le falta un brazo o media pierna puede parecer esperpéntico, pero les aseguro que eran unos tipos de lo más útil. Tenían experiencia, y la moral altísima».

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