Chorreos

Blanca Navidad

25 diciembre , 2017

El cosmos gira y las mentiras duran lo que duran. La Banda, la perfecta máquina de demoler equipitos en Europa, lleva una década siendo un equipo menor, un rival cuyo campo es nuestro cortijo y donde básicamente ganamos a voluntad. Para valorar a este Madrid que nos tocó sufrir, a este engendro multimillonario que evolucionó de ser mortal en las áreas a apostar por futbolistas que inclinaban el campo desde la medular, conviene recordar que desde 2009 hasta hoy logró dos tristes Ligas. Tiene su qué: ni siquiera fue capaz de oponer resistencia a un Barça saciado, multicampeón de todo, aclamado por el planeta fútbol como el mejor equipo visto en color.

Pero claro, La Banda es La Banda: el conjunto más ganador del planeta y de la historia, y en este tiempo se buscó un nicho donde estar a la altura de su prestigio. Y lo encontró en Europa. Ahí se mueve como Al Capone en Chicago, y la suerte, los emparejamientos atroces, una competitividad única y un escudo mitológico la han acompañado a lograr tres de las últimas cuatro Champions, un registro que sería salvaje para un equipazo, ya no les cuento para este hatajo de buenos futbolistas que el 95% de los días no saben a qué juegan. Pero no importa, ése es su torneo, un Trofeo Bernabéu a siete partidos, y ahí han arrasado para imponer un relato cuajado de mentiras.

La principal, que hablamos de un superquipo. Y no: absolutamente todos los grandes equipos de la historia han dominado sus campeonatos domésticos. Ésa es la condición sine qua non y por eso muchos sabios de este deporte claman y proclaman que ganar Champions ya no es un sinónimo de hegemonía ninguna, que si no ganas ligas eres poco más que un arribista con potra. Pero como imaginan, este argumento ha fracasado; la propaganda estaba hecha y este gris y derrotado oficinista que naufraga miserablemente de lunes a viernes ha gozado del chollo de la marmita de los estupefacientes europeos para arrasar con todo. Y arriba, arriba, arriba:

A ver, seamos sinceros: todos nos hemos puesto hasta las cejas alguna vez. Y con el subidón nos vemos amos del universo y el mundo se nos queda pequeño y vemos comenzar una nueva era. Tal es la potencia del combo químico que, de la mano de esa prensa florentina, uno acaba por creerse que ese esforzado chaval de las cejas depiladas merece montones de balones de oro. ¡Que sí, joder! ¡A tipo fijo! La locura colectiva que la chavalada blanca se permitió una pancarta gigante que rezaba como el título de esta entrada y se atrevió a entonar un “Que viva España” cuando La Bestia Parda se disponía a tirar una falta. Muy high todo.

Pero la vida es como es, y llega el lunes y aparece Messi con cara de androide y uno comprende que quizás esa nueva era consistía en llegar a Navidades a 14 puntos del Barça. O en que Rakitic le siga metiendo mano a Kroos cada vez que se cruzan y que Modric, con mucho el mejor jugador del Madrid en el último lustro, acabe una vez más desquiciado ante Iniesta y Busquets. En toda esa defensa impotente ante el diez del Barça, el hombre más feliz del planeta cuando visita ese escenario. El éxito más grande de ese duro lunes en el curro es no vomitar en el teclado, o que a Casemiro y Ramos no les echen. Por no hablar del invento infame de Kovacic: marcaje individual, como si aquello fuera el Moreirense, para comerte el humillante primer gol con ictus masivo en la medular blanca.

En este agujero, lo habrán advertido, equivocamos el pronóstico: no hubo victoria blanca. Sí, al menos, un primer tiempo digno de un equipo que se juega la vergüenza y la vida ante su afición. Pero viéndola en conjunto, La Banda es aún peor de lo que recordábamos. Cristiano, un tipo grotesco, Marcelo y Carvajal han perdido el arrebato que les da la musiquita europea, y suerte de Modric porque, sin él, aquello sería digno de Premier.

La bajona anfetamínica postClásico dejó imágenes bellas: el cuello de Luis Suárez gritando el 0-3, la última jugada del partido con Vermaelen y Piqué en el área rival, esos cambios -Aleix, Gomes, Semedo- que son un verdadero calcetín sudado en toda la cara de Zidane. La Liga, obvia decirlo, se ha acabado, pero el partido nos dejó algo mejor: la certeza de que el Barça ya no es solo el campeón de Liga in pectore, sino un equipo con el cuajo e instinto asesino de los aspirantes a la Champions.

Y la Banda, pues qué les voy a decir. La resaca, qué cosa tan cabrona, y cuánto nos gusta en las carnes de los que hemos visto cabalgar durante un lustro el caballo de la euforia, la trola y la patrañaína.

One Comment

  1. admin

    25 diciembre, 2017 at 23:48

    No les he hablado de Paulinho. Les diré que sonrío a cada aparición. Pronto les hablaré del bigardo.