Cavernícola

Ocho

7 febrero , 2016

Entiendo que le quisimos desde el día que oímos su nombre: Hristo Stoichkov. Uno lo escuchaba y sentía lo que en otra era experimentaban los coetáneos de Atila al oír esas tres sílabas. Ayudó ese gol de vaselina en el Gamper, claro, y esa primera celebración en Sarrià en la cara de la pericada y entre una lluvia de objetos. Le quisimos cuando renegó en lenguas ya extintas tras chutar al palo en Wembley, le quisimos cuando pisó a un árbitro, le quisimos en cada una de sus celebraciones. Visto con la perspectiva de la historia, desde nuestra cima de títulos y gloria y Ronaldinhos, Xavis, Iniestas y Bestias Pardas, Stoichkov fue el héroe que nos trajo el carácter.

No tuvo la clase de otras estrellas, ni unos registros goleadores de otro planeta, pero para toda una generación de barcelonistas, Stoichkov es Dios. Durante años, el dorsal más codiciado en los equipos de Barcelona fue el ocho, y no el nueve, el diez o el once, como ocurre en las civilizaciones ordenadas. Fue merecidísimo Balón de Oro, trajo la primera Champions e hizo de Barcelona su casa; pocos barcelonistas hay que no tengan su anécdota con él. Este cavernario también las tuvo, y seguro que eso ayudó a quererle tanto. Primer encuentro: avistado en una tienda de recambios de automóvil -qué pésimo y legendario conductor debió ser el búlgaro. Segundo encuentro: en el Godó, rodeado del pijerío nostrat, con sus oros y cadenas. Tercer e imborrable encuentro: la primera entrevista de mi vida. Stoichkov apareció por el colegio para atender a una jornada solidaria y aceptó que le entrevistara para la revista de la escuela, un panfleto malintencionado que hacíamos entre cinco amigos. Me fue dado, pues, hacer la primera entrevista de mi carrera a mi ídolo.

Como gran logro del encuentro diremos que el periodista no se hizo pipí. Las preguntas no valieron la pena, las respuestas no fueron más allá. Pero la cita dejó un momento legendario que quedó registrado en aquella grabadora del tamaño de un baúl: en algún momento irrumpió en la sala donde estábamos hablando el profesor J.M., el largamente odiado profesor J.M. Mi enemigo no interrumpía ningún clímax; a pesar de mi homosexualidad sobrevenida en los diez minutos que duró la entrevista, los nervios del niñato y la profesionalidad del entrevistado no daban para más. Pero el caso es que el pesadilla de J.M. entró en la sala y Stoichkov levantó la cara, le miró con esa mirada de carbonizar líniers y, con su brazo izquierdo en alto le gritó:

-¡Fuera de aquí, chaval!

«Fuera-de-aquí-chaval». Con cuatro palabras destruyó toda autoridad de aquel plasta insufrible, que reculó, aterrorizado, y supo que yo era espectador de la humillación. El bueno de Hristo trazó una línea entre el bien y el mal, y completó una de las venganzas más perfectas soñadas jamás por un alumno. «Fuera de aquí chaval», y si no le comí la boca en ese instante debió de ser porque a los 16 años ya tenía algún instinto de supervivencia.

Uno recuerda todo aquello porque este agujero cumple este 8 de febrero ocho años de vida. Y uno se pone melancólico y recuerda que abrimos la madriguera en plena decadencia rijkaardiana, cuando abrazábamos a cualquier vendedor de biblias que se cruzara por la calle, cuando queríamos creer en un vestuario vencido por su propia gloria. Los tiempos han cambiado: llegó Guardiola y llegamos más alto que nadie, explotó Messi, Xavi iluminó el mundo y convertimos el éxito en una constante.

Nuestra nueva realidad ya no es la de los días de Hristo, ni la del final de Rijkaard, ni siquiera la del inicio del monumento al fútbol erigido por Guardiola. Ahora los jugadores del Barça no buscan excusas para explicar la derrota, ni tiran de épica para ganar, ni se permiten prejubilarse tras tocar la gloria. Este Barça de hoy sabe que ganar es una obligación, y que no hacerlo, con los futbolistas que hay, resulta una vergüenza. El Barça de hoy finiquita a un Atlético heroico en un partido que significa la Liga jugando sólo diez minutos. El Barça de hoy destroza y ridiculiza a cualquier fraude que ose plantarse en semifinales. El Barça de hoy está compuesto por una caterva de futbolistas que amenazan con superar todos los récords dentro y fuera del club.

Por todo ello, y ahora que cumplimos ocho años, ocho ya, es de justicia reconocer el papel de Stoichkov en este Barça. Él trajo el carácter. Miró a la cara a nuestro pasado miserable, y le dijo fuera de aquí, chaval.

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