Champions

Némesis

18 febrero , 2014

La vida puede ser muy caprichosa. El 14 de julio de 2008 la primera plantilla del Barcelona comenzaba la temporada de la mano de un nuevo técnico. Deben saber que el primer día de entrenamientos es siempre un espectáculo digno de admirar. Los jugadores se observan, calculan, vigilan al que juega en su posición, se detienen en el bueno del equipo, esprintan, sudan, meten la pierna. Todo para marcar su terreno desde el primer día. Imaginen cómo sería, con el talento y el hambre allí reunido a las órdenes de Guardiola, aquella primera sesión. Fascinante y peligrosa.

Entre los pares que quedarían hermanados desde ese 14 de julio por la competencia cotidiana, destacaba un dúo que nadie detectó de primeras. Touré, que venía de ser uno de los mejores jugadores del equipo durante el naufragio final de la era Rijkaard y era ya una estrella en ciernes difícilmente pudo reparar en un larguirucho imberbe que no tenía entonces ni dorsal ni ficha del primer equipo. Hijo como era de un excéntrico exportero de la casa, costaba tomarle en serio. Pero ahí estaba Busquets; quienes le habían visto batirse en la miseria de la Tercera División sabían que no era un cualquiera.

Ustedes ya saben cómo acabó aquel año: en triplete histórico, con masacre en el Bernabéu, orgasmo en Londres, paliza al Atletic y paseo ante el United. No es casualidad, claro: en esos cuatro partidos inolvidables jugaran Touré y Busquets; sólo en uno de ellos, uno sustituyó al otro. Visto en perspectiva, se diría que entre 2008 y 2010 en Barcelona coincidieron Valdés y Ramallets, Deco y Bakero, Rivaldo y Ronaldinho, Stoichkov y Eto’o, Maradona y Messi, Romário y Ronaldo

La furia incontenible de Touré no pudo quedarse en Barcelona; estaba llamado a ser el futbolista mejor pagado de la Liga más rica del mundo y en el Barça, en aquel Barça demencial, ni siquiera le garantizaban la titularidad. En su sitio jugaba el tal Busquets, aún imberbe, pero ya convertido en el Arquímedes del equipo: con cuatro pasos, pocos aspavientos y una sabiduría táctica infinita manejaba al mejor equipo de siempre. 

A Yaya le recordaremos para siempre como uno de los nuestros. Por esos agarrones a Drogba, por culminar aquella precisa asistencia de Keita, por sus 191 centímetros, por jugarse el físico jugando lesionado. En un mundo normal, Yaya aún sería titular y candidato a capitán del Barça. Quién sabe si entonces se encontraría en el multimillonario City al único centrocampista del planeta capaz de mirarle desde las alturas. La vida, decíamos, puede ser muy caprichosa.  

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