Bandoleros

Cuando acaba el deporte

15 febrero , 2008

 

 
Asisto en directo a la muerte deportiva de Ronaldo y no puedo reprimir una gozosa y secreta satisfacción: se ha hecho justicia. Ni una conspiración bicéfala entre Florentino y Berlusconi habría torturado con tanta saña al barcelonismo simpatizante del Inter como hizo este ariete. Despidamos a Ronaldo, ese niño de ojos rencorosos que, de tener una última vida como jugador, la pasaría formando pareja atacante junto a Tamudo.
Sumió en la depresión al barcelonismo para marcharse el Inter y regalar un año de magia al popolo neazurro, al que dejó al borde del suicidio cuando tras dos años de lesiones decidió irse al Madrid a celebrar su recuperación. Aunque no era el mismo, goleó como Hugo Sánchez antes de completar su crimen y largarse al Milan. Y, por fin, luciendo de rossonero, la justicia divina se abatió sobre él al fin.

Su tercera y definitva lesión de rodilla le apartará de lo que más amó y le hermanará con esa gente desubicada y herida que son los ex futbolistas. Quién sabe si ese chasquido de su tendón rotuliano resonará en la cabeza de Ronaldinho, cuyo futuro como azulgrana pende de un hilo y cuyo futuro como estrella necesita un milagro. Si el diez que nos enseñó que se puede ser el mejor entre sonrisas quiere volver a disfrutar sobre el césped tal vez haría bien visitando a Ronaldo en la clínica parisina de La Pitié Salpetriere. “No pierdas ni un día más, también el fútbol se acaba”, le diría el ídolo caducado.

Mucho más cerca le queda a Ronaldinho el recién cesado sargento Ivanovic. Pese a su rictus imposible, siempre sentí simpatía por él. Porque su mensaje era muy simple: el deporte no es para siempre y hay que vivirlo con pasión y entrega. Y además, se enamoró de Barcelona después de haber recorrido media Europa. Se lo confesó a su mujer en un susurro tímido, apostado en el balcón de su casa: “No me quiero ir nunca de aquí”. A Ronaldinho le haría mucho bien ver la cara del serbio el día que se vaya al aeropuerto del Prat para no volver.
PD. No hay sólo rencor en mi persona hacia Ronaldo. Es el jugador más parecido a la perfección futbolística que he visto, y una vez le dediqué estas líneas.
Los que le vieron jugar entre 1996 y 1998 cayeron rendidos a sus pies. Era una estrella caída del cielo, un héroe en la senda de los cuatro grandes de la historia del fútbol. Su arrancada era milagrosa, sus fintas, un atisbo del más allá. Era tan bueno y tan superior a los demás que se rumoreó que había pactado con el Diablo: sería el más grande a condición de llevar la infelicidad a cuantos le amaran.
 
 
Se le recordará como el delantero efímero que cabalgó con furia el balón dejando una ristra de corazones rotos a sus espaldas; para algunos será sólo un niño que perdió la inocencia sobre el césped”.

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