Champions

Derrotas y abrazos

1 octubre , 2014

«Se ganaba sus tres –o quince- centavos diarios con absoluta desgana, y demostró ser una cruel negociante siempre que estaba en su mano negarme ciertos filtros amorosos fuera de lo común, lentos y paradisíacos, que me dejaban como muerto, pero sin los cuales era incapaz de vivir más que unos pocos días, y que, a causa de la propia naturaleza pasiva de aquellas experiencias amorosas, no me era posible obtener por la fuerza. Conocedora de la magia y el poder de su suave boca, se las arregló -¡en el lapso de un año escolar!- para elevar el precio de aquellos abrazos tan especiales hasta a tres e incluso cuatro dólares».

Lolita, Vladimir Nabokov

No hay gran equipo que no se curtiera en la derrota. El empate de Málaga fue una gran noticia; la derrota de ayer, encajando tres goles, una aún mejor. El Barça es ahora un equipo joven, con piezas nuevas en puestos clave, que necesitará morder mucho polvo antes de poder competir en condiciones en las grandes citas. El insólito baño que se llevaron Rakitic, Busquets, Mascherano y Mathieu también es algo que nos ayudará en las grandes noches que están por venir.  No ignoramos que en la insondable receta que conforma un equipo ganador no puede faltar jamás la necesaria dosis de puro rencor  que mana de los empates y las derrotas injustos.

Por esa razón lo ocurrido ayer en París fue algo grande. Tal vez ustedes prefiriesen ganar con los anfetamínicos David Luiz y Marquinhos. ¿Quién hubiera preferido ganar con un equipo donde hay suplentes que costaron 50 millones, o con un equipo que cuenta con el apoyo de Becan y Beyoncé? Lo cierto es que muchos barcelonistas se acostarían anoche satisfechos de ver a Iniesta encajar trompazo tras trompazo para seguir jugando, a un equipo que dio entrada en los minutos finales a dos cuasijuveniles desconocidos en la elite. La actitud de los minutos finales y la paciencia y convicción de jugar raso, al pie y tocando a pocos segundos de acabar el partido hacen pensar en que algo bueno se gesta ahí dentro. 

Pero si me permiten y me disculpan, lo mejor de anoche fue, pese a la derrota, poder marcar una clara línea entre lo que eran ellos, el PSG de un jeque del petróleo, y nosotros, el Barça que en 115 años se ha llevado cuatro Champions y miles de noches amargas y ha dependido de promotores inmobiliarios corruptos pero nunca jamás ha pertenecido a los campeones de las energías fósiles. La línea quedó muy clara antes de que el árbitro pitara el inicio del encuentro: el infame Thiago Motta se acercó a Messi y le dio un abrazo. Yin, yang. En ese preciso instante, Al-Khelaifi se fundía en un abrazo con un tal Xavier Faus. Sendos atentados nos habría sumido en una crisis de identidad si no fuera porque el bueno de Nabokov nos regaló, hace mucho tiempo, la explicación monetaria que se esconde tras ciertos abrazos.

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