Cavernícola

La Segunda

17 agosto , 2018

Las primeras veces tienen seguidores por legiones. Son seguidores con alma de soldados, tal vez pesimistas colosales. Pero ay, las segundas. Las segundas nos recuerdan que aquel único viaje fugaz por la gloria no fue un error del sistema, un espartozoide fecundando en una oscura cañería bajo tierra, desorientado en la inmensidad del cosmos, un simple y puro y sucio acto de azar. Las segundas son todas las cosas buenas. Te recuerdan que el mundo seguía ahí para ti y que tú seguías ahí para el mundo. La segunda te reconcilia con la vida.

Por eso la imagen de Koeman son los soldados alzando su bandera en una playa remota, mientras que la de Belletti es una civilización que se afirma. La Copa de Europa del 92 nos dijo que sí podíamos hacerlo; la del 2006 nos convenció que nunca más haría falta que nos envenenáramos más en el pasado, con esa edulcorada, pastosa y puta melancolía. Éramos futuro.

La Segunda fue una proza bíblica. Para que llegara la segunda hubo que resistir sin demoler el Camp Nou ni quemar nuestras camisetas y pósters ni congelar nuestra pasión. Hubo que tragar nuñismo y tardonuñismo: gente peligrosa, de presunta o consumada naturaleza delictiva, enemiga del fútbol, burocrática y elitista y empeñada en engañar, primero, para joder, después, al pueblo barcelonista. Tres lustros después, han vuelto: son los mismos futbófobos, los mismos farsantes, se esconden en las mismas trincheras, los mismos barrios y las mismas corbatas. Usan idénticos artificios; nuestra paciencia y nuestra fe habrá de ser la misma.

Mi Segunda, pues, fue a pocos metros del Camp Nou, en verano mundialista y día de lluvias, nubes y calores. El entorno era idéntico, el vértigo, infinito. Hubo miedo y se iba a necesitar heroísmo, como en las grandes finales. Un miedo de cojones, con ese Henry que era un huracán y dejó a Márquez y Puyol y Oleguer en pobres espantapájaros voluntariosos, sólo nos salvó ese porterito llamado Valdés, que ante la inmensidad del horror del 14 gunner nos parecía chiquitito, impotente, pero que resistió y nos salvó una vez y otra, y otra, y otra más.

Cuando Belletti salió a calentar, hubo quien creyó. Cuando Belletti recibió, hubo quien creyó. Cuando Ashley Cole y Flamini no llegaron al balón por milímetros, cuando Almunia descubrió el orificio en su femoral, los tres al unísono comprendieron la dureza de esa fe de unos pocos. Y en efecto, en la madrugada hubo heroísmo y hubo fe y hubo esas imágenes que nos mecerán por siempre jamás.

Es cierto, y así fue: el grito primigéneo, el grito de la imagen, nos hace llorar.

Se llamará Bruna, en honor al negro loco que metía goles en las finales de Champions y en honor a todos esos brasileños hijos de mil razas que sublimaron el fútbol a nuestro lado. Y Bruna será rubia sin ninguna duda en honor al defensa de poderosos muslos de aquella primera vez con Cruyff, y por demostrar desde el primer día que nadie le va a decir quién tiene que ser. (A Bruna tendrían que verla. Cuesta no creer cuando uno le ve la mirada perdida y opaca. Un recién nacido entraña toda la fuerza de bomba atómica de las posibilidades infinitas, de los cero errores cometidos, del millón de puertas abiertas y ninguna cerrada).

Ahora que languidece nuestra pasión, víctima de esta directiva enemiga de toda poesía y asesina de cuanto amamos, conviene resistir, como Valdés aquella tarde lluviosa, y conviene creer, como Belletti en su improbable excursión al área. Somos aún el pueblo de Messi, el más grande que nunca tocó un balón. Dice Canaletes I per lluny que us n’aneu / tornareu sempre, sabemos que la rueda volverá a girar, a barrer la barbarie, la delantera de dos tíos, los centrocampistas que hablan de matar y sudar, los directivos falsarios, el fútbol sin alma. Ahora, cuando empieza la Liga, conviene recordarlo. Hubo un día que lo pudimos todo: el día de la Segunda.

5 Comentarios

You must be logged in to post a comment Login