El mito

Así jugaban a las puertas de Troya

10 diciembre , 2022

Los llantos se han oído desde Saturno. Qué escasamente formativo, qué decadencia moral, qué espectáculo tan poco edificante, qué dirán nuestros niños. Sale la zodiac a surcar las olas de la riada de lágrimas, y a bordo de ella, los futboleros mostramos, felices, el trasero, mientras saludamos a la bienpensancia universal: el Argentina-Holanda de los cuartos de final del Mundial de 2022 ya es historia y nos hizo inmensamente felices.

Nosotros que vimos corruptelas sin fin a mayor honra de Mussolini o Videla, nosotros que aplaudimos un gol con la mano como una gesta popular y un acto de suma justicia, nosotros que asistimos impertérritos al homicidio en grado de tentativa de Schumacher sobre Battiston, nosotros sabemos que el fútbol no es la Unesco. Porque éste es un deporte que cuando escala al nivel de los profesionales muta en un espectáculo envilecedor y violento, y si además hay títulos de por medio, el valor de la honestidad, la justicia y hasta el de una vida humana tienden peligrosamente a cero. Pero ay, si además hablamos de los Mundiales. Lo diremos una última vez: aparten a los niños del televisor; esto no es para ellos, nada bueno hallarán, ni un atisbo de decencia.

Y uno lo piensa y qué cojones iba a tener de bueno el fútbol. Ya es duro es tener que aguantar en una sola selección a energúmenos que ven en Valverde el mejor centrocampista del planeta, a cabestros que no entienden que una uña de Neymar tiene más talento que mil zambombazos de Mbappé, a orangutanes que dicen tiki-taka. Pero imaginen jugar contra ellos. Imaginen juntar sobre el verde a 25 argentinos, el país de la demencia institucional, de la inflación, del robo y la sinrazón universal, con 25 pulcros holandeses, repeinados, sin tatuar, enemigos de la deuda pública, garantes de la cuadrícula y el calvinismo.

Imaginen a Messi y Van Gaal.

Y lógicamente estalla esta última versión de La Bestia Parda mundialista, que en este angustioso adiós, cada acto más agonioso que el anterior, llega adornada con su nuevo disfraz de Vengador. Y en el olimpo de los dioses del juego, Juan Román Riquelme bailó y bailó anoche, porque se hizo justicia y el genio derrotó al rictus.

La locura de ese partidazo, con el bombardeo holandés sobre el área argentina, la postrera maravilla del empate en el 101, las provocaciones cruzadas entre futbolistas, la docena de rojas que escondió Mateu. E increíblemente, los argentinos no irse a la lona, y sobrevivir al mazazo, y perseverar para encontrar la madera. Y la tanda de penaltis. Y esa gente rubia, alta y vigorosa, que no ha vivido inflaciones ni corralitos, entrando en el patio de la cárcel con las navajas, y esos argentinos blandiendo el pene en sus derrotadas caras. De verdad, qué maravilla.

El fútbol es una expresión mítica, y créanme, un partido como el de anoche es el que jugaron Héctor contra Aquiles a las puertas de Troya. Un simulacro de la guerra, dicen. Convendremos que jugar a esto es mejor que matarse en los campos de batalla. Pero es el Mundial, es el fútbol elevado a la ene: pregunten a los derrotados bigardos holandeses y conocerán la sucia verdad. Es sólo un poco mejor que matarse.

 

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