Clásico

Planetario alivio

30 octubre , 2018

Tú por aquí. El de los amuletos y las bolas térmicas. El de la brujería. El que lesiona a la estrella del rival en la final de la Champions. El que agrede impunemente y se cobra penaltis en el 97. El que logra que cada portero rival pase a la historia como autor de la mayor cagada jamás vista. El que juega semifinales contra equipos que cuentan las bajas por docenas. El que lleva años atracando los grandes premios -quizás algún día el periodismo nos dé una sorpresa-. El que hace que uno se sorprenda cuando los aviones rivales llegan sanos y salvos a la pista.

Vaya, vaya.

Así que multicampeón de Europa. Cuatro Champions en cinco años, registro acojonante, ni el Barça de Guardiola. La del Teresa Herrera, creemos recordar, la del minuto 93, la que en Munich aún recuerdan, la de la brujería infinita. Debéis ser los mismos que en la Supercopa de España del 2017: erais muy valientes. Sí, esos, qué machotes, abusando de un centro del campo con André Gomes y Sergi Roberto.

Los que habéis ganado tanto en Europa y tan poquito en el día a día. Los que habéis convertido el Bernabéu en un campo más asequible que Cornellà El Prat. Déjenme pensar: en la 2013-14, 3-4. En la 2014-15, 3-1, eh respeten, ahí ganaron. En 2016, 0-4 (el Barça hizo eso sin Messi). Una temporada después, 2-3. Y este año la cosa también empieza fuerte: 5-1, a ver si al Bernabéu vamos con La Bestia Parda o la reservamos para partidos importantes.

Si en la Meseta alguien se preguntara por qué un equipo tan ganador no tiene el respeto de nadie fuera del foso de los Ultras Sur, la respuesta estaría ahí: es imposible defender que es el mejor equipo de Europa cuando hay un equipo que cada año les da una paliza. Pero ocurre que La Banda no se hace preguntas. Es un equipo que se conforma con escuchar la música de Champions y dejar que la milagrería haga saltar por los aires toda justicia deportiva y toda racionalidad. Si La Banda de Mourinho fue la quintaesencia de la violencia deportiva, la Banda de Zidane fue la sublimación del cinismo.

El cinismo de cobrar todo el año pero jugar sólo seis partidos. El cinismo de reservarse descaradamente mientras el resto del mundo juega, compite y sufre. El cinismo de reivindicar como éxitos propios asombrosas dosis de potra en los sorteos, arbitrajes favorables y verdaderas explosiones de desgracia en los porteros rivales. Mire, no me moleste, soy el Madrí de Di Stéfano, mire mi escudo, llevo todo el año rascándome los cojones y hoy ganamos. Y joder, ¡encima lo celebramos! Alguna de esas Champions se la dan a Puyol y la levanta pidiendo perdón.

Pero ay, la vida. También existen los lunes por la mañana. También existe un rival que año tras año te dice a cada acción «soy mejor», «eso me lo haces a mí», «Casmiro, pega más fuerte que con esto no basta», «Carvajal dónde está el dedito». Cada año la misma gente que convierte a Kroos en un lujoso poste de telefonía y a Modric en una sombra huidiza. Sí, tú, un equipazo, a ver si en la vuelta les metemos ocho.

La masacre del domingo tuvo algo de poética. Uno vio al Bayern de aquel robo, al Atleti de las desgracias sin fin, a la Juve de la crueldad suma del penalti que no era en el 97, a Salah y a Karius, los dos marcados por Ramos, a Neymar y al ejército de lesionados del Bayern, todos celebrando la cagada en el 4-1 del central más agresivo y ganador de la historia del fútbol. Hace ya mucho que cuando el Barça vuela, el fútbol sonríe. Lo que no era tan habitual es esa conciencia universal de que cuando La Banda palma, el mundo aplaude.

Pero en fin, es el precio del pacto con el diablo: ganarás todas las Champions que quieras de aquella manera, sí, pero Messi y Busquets seguirán existiendo y, muy de vez en cuando, no siempre te protegerá el bombo, te recordarán que eres una trola importante, nos recordarán, para planetario alivio, quién es el mejor.

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