Mundial

La orgía mundial

20 noviembre , 2022

Si está usted a punto para ver otro Mundial, felicidades: ha sobrevivido a otros cuatro año de vida, a otra eternidad de espera.

La religión de este nuestro planeta de los simios alcanza al fin su trance y lo hace con todo el vértigo y los abismos que corresponden al mejor deporte del universo. Las trompetas, las fieras y los gladiadores miran por última vez a Messi, Dios del panteón, en la que será su última vez: 2006, 2010, 2014, 2018… 2022. La vida: no siempre se sobrevive.

Llega ese cártel que es Argentina que suple con navajeo la falta de talento, en una racha de 36 partidos invicta: honestamente, la albiceleste no huele a campeonato, pero sí a gloriosa catástrofe.

Llega España con tal dosis de troleo a lo mesetario que la Selección podría pasar a denominarse Almogàvers Països Catalans y no generaría ni una pizca más de resentimiento en los nunca alfabetizados aledaños del Bernabéu.

Llega Brasil con tanto talento arriba que uno piensa en las oleadas de suicidios colectivos ante una nueva debacle.

Alemania y Francia: tan, tan fuertes, una y otra, que raro sería que no acabara esto en guerra mundial.

Así, tras semanas de infames interrupciones intersemanales, llega el que será uno de los mejores meses de nuestra vida.

Y está el otro tema.

Qatar, repugnante plutocracia donde 6.000 trabajadores perdieron la vida construyendo estadios, donde los derechos humanos son los padres. Un petroestado que nos deja sin aliento y nos quema todo el cuerpo, una basura de hidrocarburos y cinismo, un estado creado por parientes orientales y menos evolucionados de Bertín Osborne. Qatar, digna sucesora de Rusia, bien por la FIFA.

Pero ay, no nos busquen en el boicot. No es Qatar, ni su vergonzante cosmovisión, quien preside el asunto, quien se beneficia de él. Al contrario: Qatar será más bien la víctima de nuestra pasión. Aquí mandarán los 800 afortunados que jugarán de entre los 270 millones que soñamos con hacerlo en este planeta. Juegan los vencedores de la meritocracia más salvaje que conoce el deporte mundial (nos la suda cuánto saltes / muy interesante la mierda de moto ésta / oh sí Rafa no puede sacar porque un tío ha estornudado). Nada ha creado el ser humano más democrático que un juego donde enanos, gigantes, gordos y demacrados pueden ser el mejor del mundo. En ningún otro deporte se explicaría la jerarquía de Uruguay, con sus cuatro millones de tíos chiflados. Y si la cosa va de democracia, de un escenario donde todos tienen voz, pierde Qatar.

Hay más: durante el próximo mes nos abrazaremos con desconocidos de nuestro mismo sexo, o del opuesto, serán individuos voluminosos, o gente de abundante vello facial, o sujetos de dudoso olor, o bípedos de abundantes y poco recomendables fluidos corporales. Durante cuatro semanas caerán besos en los morros, y con lengua, beneficiándonos de la franca apertura de la o y de lo palatal de la ele a cada gol, y viva el poliamor, porque volverá a ser Qatar quien pierda.

Ésta es la orgía del fútbol, la gran metáfora de un planeta bárbaro, imperfecto. Ningún escenario mejor para defecar sobre Qatar, sobre nuestras flaquezas humanas y nuestra infamia colectiva. El estiércol y las flores, que dijo el poeta. El estiércol y las flores: el Mundial.

Pero no se lleven a error. Nunca el Mundial de Qatar; rindámonos al Mundial de Fútbol.

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