Éxitos

La Liga del todo o nada

16 mayo , 2023

Echaremos la vista atrás y pudiera pasar que, con la soberbia del estómago lleno y los recuerdos gloriosos bien a mano, habláramos de la 22-23 como de la peor Liga de nuestra historia. La memoria nos tiende trampas, y bien nos podría sonar que la ganamos con 64 goles, aunque queden cuatro jornadas para maquillar tamaño horror. Para encontrar semejantes penurias nos tenemos que ir a la 84-85, cuando cerramos una década de hambre con 69 tantos, aunque entonces jugaban sólo 18 equipos. Desde entonces, el Barça campeón nos ha acostumbrado a dietas ricas en grasas y proteína, vean si no: 71, 87, 87 y 91 en la era Cruyff; 78 y 87 con Van Gaal; 73 y 80 con Rijkaard; 105, 98, 95 y 115 con la euforia de Guardiola; 110 y 112 con el vértigo de Luis Enrique; 99 y 90 con la feliz decadencia de Valverde.

La conclusión está ahí: en la 22-23 hemos tirado atrás casi 40 años para abrazar la austeridad y los rigores de la falta de talento. Hasta 10 partidos los hemos solventado por 1-0 y una de las duras conclusiones de la temporada es que falta muchísima calidad en un grupo que recibe a Pedri com el Sáhara las lluvias. Esta realidad, sumada al tóxico ambiente de posguerra que dejó la barbarie sandromeuísta, ha convertido el año en un infierno para Xavi, a quien habrá defendido desde el inicio de temporada de forma incondicional un 2% de la masa social.

Y sin embargo, hay mucho que celebrar. Lo principal: el club estaba en quiebra, desahuciado y convertido en hazmerreír hace un año. En 12 meses, campeón a falta de cuatro jornadas, dejando a tropecientos puntos al campeón de la galaxia. Lo hemos logrado con un once en que había sólo tres jugadores de cierta edad y que no fueran recién llegados: Ter Stegen, Busquets y De Jong. El resto, peña que desde el campo no sabe dónde cae la playa ni dónde el Tibdabo (Koundé, Christensen, Raphinha, Lewandowski) y niños imberbes (Araujo, Balde, Pedri, Gavi). El mérito de Xavi y del equipo es colosal porque los campeones jamás surgen así, a la primera.

¿Por qué hemos ganado, pues, cuando hemos sufrido contra todo dios, hasta 14 partidos resueltos por la mínima? Porque nadie lo ha querido tanto. El equipo ha exhibido hambre, ha presionado con furia, ha encontrado, sobre todo a raíz de la feliz desaparición del mapa de Dembélé, futbolistas con la humildad y la mala leche de desmarcarse al espacio una, dos, veinte veces por partido. Y hemos ganado porque a día de hoy tenemos una defensa absolutamente de época, comparable a cualquiera de las mejores que hayamos conocido: esa piña que han formado un alemán, un francés, un uruguayo, un danés y un catalán de orígenes dominicanos y guineanos ha sido inaccesible, inabordable, capaz de estar en pleno mayo con 13 goles encajados, histórica locura. Todos ellos pastoreados por Busquets, que ha cuajado otra temporada más de impartir lecciones desde la tribuna y ha vuelto a ser el detector más preciso de cretinos y analfabetos que ha creado el hombre.

Ay, que se viene una hostia, sí, ya nos vamos conociendo. Hablemos del centro del campo hacia adelante. Ay, Gavi: acaba el año con dos goles y seis asistencias: el Barça exige más, aunque conviene recordar que hablamos de un chaval de 18 años. Junto a él, el estratégico De Jong, notable naufragio a sus 26 añitos: dos goles y tres asistencias. Tampoco Pedri alcanza los números del crack que lleva dentro, será la edad, aunque evita el sonrojo y alcanza los seis tantos y una asistencia. En los tiempos de Xavi e Iniesta, admitámoslo, estos números habrían bastado para que nos arrancáramos todos los ojos y los tiráramos a las pirañas.

Pero atención, que la cosa empeora. Seremos crudos, que de golpe duele menos: Entre el anciano Benzema, Vinicius, Rodrygo y Ausencio suman 80 goles y 46 asistencias esta temporada. Entre cinco del Barça se quedan en 63 y 32. Insistamos: un tío más, 17 goles menos, 14 asistencias menos. Un escándalo, una atrocidad y un fenómeno contracultural para un Barça acostumbrado a tener, de largo, a los mejores. Sólo Lewandowski presenta números de crack (31 y 7), y Raphinha los presenta dignos (10 y 12). El resto, duele hasta pensar en ello, pero diremos sólo que esperamos que el asunto conlleve una masacre en el apartado de salidas.

Pero hasta lo más alto hemos llegado con todos. Dentro de tres décadas, cuando expliquen la 22-23, harán bien en explicar la noche del grito de Kessié, un gol con que respondimos al tsunami de mierda que Florentino Pérez había invocado para explicar al universo que el Barça gana porque compra árbitros. Ay, el caso Negreira, ay, la poca vergüenza de La Banda, que en pleno 2023 decidió que era buena idea acusar al Barça de corrupción arbitral: talmente Bertín Osborne, Carlos Herrera y el resto de sus tricerátops denunciando la tiranía del matriarcado. La noche en que Balde voló y Kessié la enchufó supimos que, sólo dos años después del trauma por el adiós de Messi, habíamos vuelto.

Y desde aquí les pedimos a esos culés del futuro, orondos, posiblemente bebidos, que se dejen de la tontería de la Liga del 1-0, qué risa, qué diversión. No ha sido tal cosa. A un observador atento, el código binario de unos y ceros le habría bastado para comprender. Era una Liga del todo o nada, de vivir o morir. Y ahora que estamos de vuelta y aún tiembla Canaletes, el mundo recibe el aviso: el año que viene lo mismo, pero jugando con delantera. El año que viene, la tormenta. El año que viene, el retorno de nuestra vida, si Dios quiere.

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