Despedida

In memoriam

16 julio , 2008

R10

Han sido meses de pesadillas imaginando a Ronaldinho dejar el Camp Nou, la cuna que le vio crecer. Han sido meses en que el barcelonismo ha podido pensar cómo despedirle, qué lugar dejar para él en el corazón azulgrana, en la galería de mitos eternos.
En esta caverna nos hemos preparado para el luto y hemos tratado de situar a este brasileño dentón en el lugar que le corresponde en la historia con una encuesta que excepcionalmente se demorará durante un mes, que es el tiempo aproximado en que los responsables del blog piensar vestir de riguroso negro. El debate es complejo y la juventud un lastre. ¿Recuerda alguien a Samitier? ¿Se puede dicutir que el más importante de la historia fue Gàmper? ¿Qué hay de los viejos mitos olvidados como Alcántara o César? ¿Se puede dicutir que Kubala, quien regaló al Barça un estadio a la altura de su grandeza, ha sido el mejor? ¿Y qué hay de los artistas modernos como Laudrup o el Innombrable, o de los forjadores de equipos como Bakero o Guardiola?
Más allá de las cosas de los entendidos, explicar quién ha sido Ronaldinho es una cosa mucho más compleja. Encarnó a Ulises sobre el césped, levantó un equipo en ruinas con su sonrisa, fue el número uno en el Bernabéu y en París, nos dio la Champions, asombró de forma ininterrumpida durante un trienio memorable. Su marcha me ha recordado la famosa definición de enciclopedia que hizo Fontanarrosa sobre otro diez de leyenda: «Maradona (Diego Armando). Genial futbolista argentino (1960) que regaló felicidad a todo un pueblo».
Para mí fue el apóstol del fútbol, alguien que nos recordaba que se puede ser el mejor estando feliz, que jugaba con la pasión y la alegría que los mortales que nunca pisaremos el Camp Nou habríamos tenido si pudiéramos jugar ante 100.000 espectadores. Supongo que un día un nieto me preguntará quién demonios fue este hombre, nacido sólo diez días después que yo y que representa a mi generación. Le explicaré que en su primer año hizo 22 goles y 11 asistencias, en el segundo, 13 y 14, en el tercero, el de la gloria, 26 y 20, en el cuarto, ya en decadencia, 24 y 13. Le diré que se fue porque un día su cabeza le indicó que sin motivación no es nadie y que nunca más triunfaría en un Camp Nou que le tenía por Dios Todopoderoso, y porque su corazón no aguantaba tanto amor a la pelota, la música y las mujeres. Y por último, muy serio, miraré a mi nieto y le diré: «Una vez amé a un hombre».
Nos quedan los vídeos y nos queda la palabra. Hasta siempre, héroe.
9-V-2005. Ronaldinho, el de las grandes ocasiones
«No puedo elegir en qué partidos voy a jugar bien», dijo recientemente Ronaldinho. Pero los números están contra él, y ratifican que el brasileño, en la inolvidable senda de Romario y Rivaldo, ofrece su mejor versión en las grandes citas.
Bien lo sabe Nesta, aún angustiado por el golpe de tobillo con el que le burló el brasileño. Y Carvalho y Terry, que siguen repasando el vídeo para encontrar el agujero por donde el mediapunta azulgrana coló su parábola. Y Salgado, que tuvo que enfrentarse al FIFA World Player of the Year 2004 en dos ocasiones con la estrella del Barça exhibiendo su mejor rendimiento.
Ayer, sobre el césped de Mestalla, no regaló ni una sola sonrisa al rival. Defendió todos los saques de esquina con el ceño fruncido, como un central. Y en el minuto 28, en un balón aparentemente sin peligro, enganchó desde 30 metros un tiro impresionante que se coló por la escuadra izquierda. En un instante, Palop quedó hermanado con la selecta sociedad de guardametas damnificados por el genio de Ronaldinho. A saber, Dida, Cech y Casillas.
Unos minutos después, asistió a Samuel Eto’o por enésima vez esta temporada en una jugada que acabó con un nuevo tanto del camerunés. Ronaldinho, una vez más, había cerrado con su talento un partido grande. En el segundo tiempo se permitió alguna otra pincelada, pero el partido ya se había convertido en una trivialidad.Y en estos casos, Ronaldinho se humaniza y pierde su aura de hacedor de milagros.
Su querencia por los grandes partidos le ha acompañado desde siempre. En su peor año como profesional, en la temporada 02-03, militaba en un deprimido Paris Saint Germain. El club estaba inmerso en una grave crisis y Ronaldinho, en guerra con su entrenador, Luis Fernández. Fue suplente en muchos partidos y los piques entre ambos se sucedían. Pero ese año su equipo afrontó tres clásicos contra el Olympique de Marsella, el gran rival de los parisinos. Ronaldinho lo bordó y en esos partidos logró un total de tres tantos y cuatro asistencias.
Tras su asombrosa primera campaña en el Camp Nou, Ronaldinho ha tenido que convivir con la pérdida de protagonismo que le ha supuesto la irrupción de jugadores que le descargaban de responsabilidad de cara a puerta como Eto’o, Giuly o el portugués Deco. Además, empezó la campaña arrastrando molestias en un tobillo y tardó en sacar su mejor fútbol. No fue hasta las visitas del Milan y el Madrid cuando recordó al jugador que enamoró al barcelonismo en su primer año. Empezó la segunda vuelta de la Liga con la triste cifra de tres goles (todos de penalti) en su haber. Pero llegado el momento decisivo del campeonato, Ronaldinho ha acallado a sus críticos. Ha acabado incluso con su maldición en los lanzamientos de falta directa, tras sus tantos contra Madrid y Getafe. Lo dijo ayer Rijkaard: «De un gran jugador espero que se presente en los grandes partidos».
15-V-2005. «Eu sim que sou foda!»
No debe ser fácil enfrentarse a la sombra del mejor jugador del mundo. Eso es lo que ha venido haciendo Ronaldinho desde que inició la campaña renqueante tras un patadón de Soldevilla en la Copa Catalunya.
Desde el primer partido en que pisó el Camp Nou, en la jornada cuarta, vio con el tobillo maltrecho cómo la afición le rendía pleitesía. Su primer año había puesto las expectativas por las nubes, y la llegada de hombres como Deco, Eto’o o Giuly le relegó a un papel de coprotagonista en el ataque azulgrana. Además, a menudo sufrió marcajes dobles y triples por parte de equipos que habían aprendido que el peligro del Barøa llegaba por la banda izquierda, la del brasileño.
Enseguida se dispararon las dudas sobre si Ronaldinho sería capaz de adaptarse a la nueva situación y se empezó a hablar del fantasma del segundo año tras una serie de partidos flojos en los que se mostró inoperante de cara a puerta, incluso de penalti. Pero llegó noviembre y la visita del Milan, con un inolvidable trallazo desde la frontal que decantó el partido del lado azulgrana en el minuto 89. Ronaldinho, sacó su rabia y gritó a las gradas «¡Eu sim que sou foda!» (yo sí que soy la leche) en un Camp Nou que se venía abajo. Dos semanas más tarde, Ronaldinho martirizó a Salgado con otra actuación estelar. La imagen del clásico la dejó el brasileño en el túnel de vestuarios, corriendo hacia el césped entre carcajadas antes del inicio del choque. Nada extraño en un jugador que, como él mismo ha reconocido, aprendió a disfrutar del fútbol con su perro. «De pequeño lo que más me gustaba era regatear y me quedaba driblando a mis amigos hasta que se cansaban de jugar. Mi amigo inseparable era mi perro, el único que no se cansaba».
Un mes después de la visita del Real Madrid, la FIFA le coronó como el mejor jugador de 2004 y obtuvo también el Balón de Bronce del fútbol europeo. Pese a que su fútbol distaba del que había asombrado en su primer año, se filtró que Laporta pretendía extenderle un contrato vitalicio con el Barcelona. Ronaldinho ha desligado su continuidad de la de Rosell, y ha manifestado su predisposición a «renovar de por vida».
Pero pese a los fuegos artificiales, el astro terminó la primera vuelta con un decepcionante balance de tres goles en Liga, todos de penalti. Su talento parecía adormecido y su entorno y costumbres fueron cuestionados. Ronaldinho, que vive en Castelledefels con su madre, Miguelina, sus hermanos Roberto y Daysy, su primo Thiago, su amigo Valdimar y su sobrino Diego, empezó a faltar a gran cantidad de sesiones preparatorias. Las lesiones, un par de gastroenteritis y los viajes le impedían mostrar su mejor fútbol. Pero la llegada del tramo decisivo de la temporada trajo consigo al añorado Ronaldinho.
Sus actuaciones volvieron a aunar espectáculo y efectividad.Y en los partidos más importantes del año rozó la perfección.En los ocho encuentros que disputó contra Milan, Chelsea, Real Madrid y Valencia anotó siete goles. Algunos, como el segundo que hizo en Stamford Bridge o el que abrió el tanteo en Mestalla, fueron de libro: disparo seco y ajustado a pie parado. Parte del mérito de estas dos obras de arte es de su padre, Joao, quien años antes de morir dio a su hijo una lección inolvidable: «Me habló muy en serio y me obligó a jugar a dos toques». Así, a dos toques, Ronaldinho firmó los que seguramente son sus mejores goles en su etapa como azulgrana.
Con su gran final de campaña, Ronaldinho ha situado sus números al nivel de los que ofreció en su primer año como barcelonista: entonces marcó 19 goles y repartió ocho asistencias, mientras que este año ha logrado 12 tantos y 14 pases de gol. Lo que no se puede contabilizar es la importancia de Ronaldinho dentro del vestuario, donde sus compañeros destacan su actitud ganadora y su simpatía. A pocos sorprendió la actitud de Ronaldinho el día del regreso de Motta al equipo tras su lesión: «Casi se me saltan las lágrimas», reconoció.
Con Deco también le une una buena relación. En un entrenamiento se les pudo ver ensayando faltas directas. En seis intentos, ambos anotaron seis goles, pero sobre el césped, siempre lanza Ronaldinho. Y con Eto’o su relación es óptima. Se saludan al grito de «¡Negro!» y en la carrera por el Pichichi del camerunés, Ronaldinho ha sido clave con siete asistencias.
La sombra del Ronaldinho de la pasada campaña era alargada, pero ha tenido que claudicar ante el talento de un 10 que en las grandes citas se disfraza de su admirado Michael Jordan. La suya es la sonrisa del campeón.
26-XI-2005. Oro puro.
La escena se repetía una y otra vez junto a las escaleras del acantilado de una playa cercana a Porto Alegre, en el sur de Brasil. Un adolescente abordaba a un grupo de turistas elegido al azar y les proponía un desafío: cinco dólares a que su hermano pequeño era capaz de subir todos los escalones haciendo embaixadinhas (toques) con un balón de fútbol. Si se le caía el balón, pagaba él. El protagonista de la apuesta era un niño flaco y dentón, que agarraba el balón impaciente. Cuando los curiosos aceptaban, el chaval exhibía su habilidad y se encaramaba hasta la cima en pocos instantes. Entonces, su hermano hablaba de nuevo: «Ahora, si baja, doble o nada».
Aquello ocurría mucho antes de la noche del 19 de noviembre en que el Santiago Bernabéu se rindió a Ronaldinho, que acababa de convertir el gran clásico del fútbol español en una juerga particular para celebrar la conquista del Balón de Oro 2005. El próximo lunes, la revista France Football se lo entregará oficialmente. Pero el camino hasta la cima de Ronaldo de Assis Moreira (Porto Alegre, 1980) no fue fácil. Nació en una familia humilde como hijo menor de Joao y Miguelina. Su padre se ganaba la vida como soldador y vigilando el aparcamiento del Gremio de Porto Alegre, el club de sus amores, en el que pronto introdujo a su prometedor hijo mayor, Roberto. Poco después de que éste firmara su primer contrato profesional, con sólo 16 años, el pequeño Ronaldinho, de sólo ocho, ingresaba en la escuela del club. En 1989, Roberto estrenó internacionalidad con la canarinha y despertó el interés de varios equipos europeos. Su club de toda la vida reaccionó aumentándole el contrato y ofreciéndole una casa con piscina adonde se trasladó toda la familia. Fue en dicha piscina donde un desgraciado accidente doméstico causó la muerte de Joao. Poco después de aquella tragedia, Roberto sufrió una grave lesión de rodilla que frenó en seco su progresión y marcó para siempre su carrera. El benjamín de la familia se sobrepuso a la pérdida de su progenitor y adquirió entonces la costumbre de señalar al cielo después de cada tanto. Su hermano se convirtió en su principal asesor y posteriormente, en su representante.
En 1997, Ronaldinho disputó el Mundial 17 convertido en la gran promesa de su selección, a la que guió al título con su explosividad y visión de juego. En 1998, Ronaldinho ya era parte del primer equipo del Gremio y, al año siguiente, se consagró con 15 tantos en 14 partidos. Con 19 años debutó con la absoluta y su primer gol oficial, ante Venezuela tras un espectacular sombrero, desató la locura. En los meses venideros se proclamaría máximo goleador de la verdeamarelha en la Copa Confederaciones de 1999, con seis tantos, y de las eliminatorias para el torneo olímpico de fútbol de Sydney 2000, con nueve. Su nombre ya se distinguía del de Ronaldo y su hermano decidió que era el momento de dar el salto a Europa. En febrero de 2001 hizo público un acuerdo con el Paris Saint Germain que su club de origen denunció ante la FIFA. Tras 129 días de paro forzoso y el pago al Gremio de una cantidad a día de hoy aún desconocida, el futbolista se convirtió en la estrella del poco valorado campeonato galo.
En París vivió la que ha sido su peor etapa. Pese a que le sirvió para curtirse y adaptarse al fútbol europeo, nunca respondió a las expectativas que despertó. Marcó 25 goles en dos temporadas, un registro pobre teniendo en cuenta el nivel del Championnat y que el crack disputó cuatro competiciones en cada campaña. Con su club no logró ningún título, pero en el verano de 2002 se coronó campeón mundial en Corea y Japón, jugando como mediapunta por detrás de Ronaldo y Rivaldo.
También fue en París donde el futbolista mostró su lado más polémico. Nunca se sintió cómodo con su entrenador, el controvertido Luis Fernández, que le pedía sacrificio y le situaba como delantero centro. Con el club inmerso en una profunda crisis institucional, económica y de resultados, Ronaldinho pasó buena parte de su segunda temporada públicamente enfrentado con su técnico. En París es muy recordada todavía la imagen de Luis Fernández ordenando la sustitución de Ronaldinho en un partido de UEFA ante el Boavista. El brasileño, ante la sorpresa general y en un choque televisado, se negó con gestos visibles a abandonar el terreno de juego. Aquello ocurrió poco antes de que Ronaldinho, al más puro estilo Romario, alargara cinco días sus vacaciones navideñas. A su regreso, haciendo gala de una notable frialdad, adujo que el retraso se debía a una visita al dentista. A estos hechos, el astro añadió duras declaraciones en contra de su técnico. A su horizonte, claro, ya se asomaban los grandes de Europa.
El Barça le ganó la partida a Real Madrid y Manchester United, y en el Camp Nou, su eclosión fue inapelable. En su primer año, reactivó al deprimido barcelonismo con 22 goles y 12 asistencias que le valieron el FIFA World Player 2004. El pasado año, además del título de Liga, consiguió 13 goles y 14 pases de gol, y esta temporada va camino de pulverizar su propio registro, pues suma ya 14 tantos y 11 asistencias. Su carácter alegre y un vestuario sembrado de brasileños le hicieron convertirse pronto en uno de los hombres más carismáticos del equipo. «No es un superstar, no tiene caprichos. En el vestuario es muy cachondo, siempre bromeando, con la música y el balón», explica Sylvinho. Otro brasileño, Edmilson, destaca su sencillez: «Le conozco desde 2002 y no ha cambiado. Trata igual a todo el mundo, ya sea un presidente, un ministro o el vigilante del Camp Nou». Juan José Castillo, responsable de la Oficina de Atención al Jugador, explica que lo que más le impresiona del brasileño es su capacidad de concentración: «Esa cara que tiene cuando va a chutar una falta ya la pone en el vestuario antes de los partidos. Cuando juega se transforma en otra persona». Para Eusebio Sacristán, tercer entrenador del Barcelona, su pupilo es merecedor del Balón de Oro: «Aúna espectáculo y rendimiento. Tiene la ambición de Stoichkov y la capacidad de resolver de Rivaldo».
Pero a todas sus virtudes, Ronaldinho añade un toque personal: su predilección por las grandes citas, que manifestó en el Bernabéu. No fue raro teniendo en cuenta que, siendo sólo un niño, aprendió, a razón de cinco dólares la escalera, a disfrutar de la presión del fútbol.
18-V-2006: Un paso más hacia la leyenda
Pelé: tres títulos de campeón del mundo, dos veces campeón de la Copa Libertadores y 21 campeonatos domésticos. Di Stéfano: cinco Copas de Europa y 16 campeonatos nacionales. Maradona: un Campeonato del Mundo, una UEFA y siete campeonatos nacionales. Cruyff: tres veces campeón de Europa, 17 títulos nacionales, un subcampeonato mundial.Tras el esplendor y los desiguales logros de los cuatro mejores jugadores de la historia del fútbol, una legión de nombres ha aspirado a alcanzar el Olimpo sin éxito. Futbolistas como Garrincha, Beckenbauer, Eusebio, Bobby Charlton, Rivera, Mazzola, Platini, Van Basten, Romario o Zidane están en la antesala de la gloria.
¿Dónde queda Ronaldinho, que a sus 26 años suma un Campeonato del mundo, dos Ligas y, desde anoche, una Liga de Campeones? Sylvinho, compañero suyo en el Barça, no tiene dudas a la hora de situarle en lo más alto del escalafón. «Para mí ya está al nivel de los más grandes de la historia. Es un futbolista increíble. Lleva tres temporadas siendo el mejor. Y no hay que olvidar que fue campeón del mundo con Brasil en 2002. En aquel Mundial, fue muy importante. Recuerdo el partido contra Inglaterra, en que dio la asistencia del primer gol y luego marcó el segundo».
No le van a la zaga en cuanto a elogios se refiere sus compañeros en el vestuario barcelonista. Ezquerro, uno de los que ha sufrido en sus propias carnes la supremacía del brasileño en su posición, no oculta su admiración: «Además de su nivel futbolístico, es una gran persona que siempre hace piña en el vestuario. Pero lo que le hace único es el hecho de unir su poderío físico a una calidad enorme». Gio Van Bronckhorst, compañero de banda del brasileño, también se deshace en buenas palabras cuando habla del hombre que ha ganado los dos últimos FIFA World Player. «Entenderme con él ha sido facilísimo desde el primer día. Es un jugador muy inteligente, que no necesita verme para saber siempre dónde estoy», explica el lateral zurdo titular del Barça. Víctor Valdés, por su parte, ensalza la facilidad goleadora de Ronaldinho, que esta temporada ha batido el mejor registro de su vida profesional logrando 26 goles: «Cuando te encara es gol casi seguro, porque tiene salida por los dos lados, es totalmente imprevisible y de definición muy rápida».Para Belletti, el secreto de Ronaldinho es su «carácter». «Tiene muchísima personalidad para intentar siempre la jugada. Aunque pierda un balón, sigue intentándolo y no tiene miedo de inventar. Las cosas le salen y eso hace que cada día tenga más confianza», explica.
Las 21 asistencias que ha repartido Ronaldinho esta temporada son, en palabras de Deco, la prueba de su calidad. «Es una cifra increíble de pases de gol. Simplemente, es el mejor». Sylvinho no quiere olvidar la vertiente humana del crack. «Siempre está alegre, jugando con el balón, cantando, con su música. No es así por una cuestión de marketing, es así siempre. Nos contagia cada día su alegría».
La actuación del astro ayer en el Stade de France volvió a demostrar que, tras su reluciente dentadura, esconde a un futbolista tremendamente competitivo, ayer algo contrariado, más deslucido de lo habitual, obsesionado con entrar en la historia del deporte y, por encima de todo, con los títulos.
Durante toda su vida ha dejado ejemplos que demuestran que su hambre de gloria rivaliza en tamaño con su sonrisa. Siendo un niño, y a pesar de su tan explotada comercialmente joie de vivre, Ronaldinho convertía cada partido en un desafío personal. Sólo así puede explicarse que con 13 años, jugando a fútbol sala, metiera 23 goles en un solo choque. Mucho tiempo después, en una gélida noche parisina, sacó a relucir de nuevo su carácter. Fue en un partido de Copa de la UEFA entre el Paris Saint Germain y el Boavista. Rodeado de rivales a la altura de la medular, giró la cabeza para mirar a la grada y lanzó una asistencia de 35 metros por debajo de las piernas de un marcador. El balón dejó solo a su compañero Fiorèse solo ante Ricardo. Pero el francés falló y Ronaldinho, desesperado, se lamentó airado. Fue un feo detalle de un jugador angustiado por la sequía de su club.
Significativas también son las imágenes del documental Brasil que se ha emitido recientemente sobre la selección brasileña.En ellas, se ve el perfil más religioso del Balón de Oro 2005, así como sus dotes de motivador. El reportaje desvela que antes de los partidos Ronaldinho tiene la costumbre de rezar arrodillado y que es el encargado de motivar a sus compañeros, espoleándoles a gritos, con una mirada enloquecida más propia de un burdo central que de un artista.
Uno de sus goles más famosos, el que logró frente a Inglaterra en el Mundial 2002, es buena prueba de su orgullo. Ronaldinho tardó dos años en admitir que aquel tanto -una falta lejanísima que cogió efecto- quería ser un centro al área. Esta misma campaña, erigido en el principal icono de Nike, un periodista dudó de la veracidad de un anuncio de la empresa. Ronaldinho se puso serio por un instante, y soltó: «¿Duda de mi potencial?».
Quienes sí dudan a la hora de situar a Ronaldinho entre los más grandes de la historia son dos antiguas leyendas. Luis Suárez, único español que ha logrado el Balón de Oro, se muestra cauto. «Como quien dice, es un jugador que sólo está empezando. Pero sí es verdad que va camino de meterse en ese escaloncito que todos los demás miramos desde abajo». También Cruyff, desde la cumbre, pide tiempo. «No hay que tener prisa. Hay que darle cinco años más, porque no puedes ser tan bueno como Pelé habiendo jugado la mitad de tiempo».
En esa carrera está Ronaldinho con una sonrisa, aliñada en París con lágrimas de felicidad, que, lejos de ser una guasa, encierra todo el misterio y la voracidad de la del gran tiburón blanco.
26-VI-2007. La sonrisa en el naufragio
Hace mucho tiempo que Ronaldinho alcanzó un nivel en que ya no compite con futbolistas. Los dioses del balón se han empeñado en hermanar al brasileño con el héroe talentoso por excelencia, el Ulises de Homero. Desgraciadamente para los barcelonistas más impacientes, el diez azulgrana se ha elevado por encima de las victorias y las derrotas, y ya sólo se enfrenta a su propia leyenda.
No hay situación en que el astro revele más poderosamente su auténtica identidad que en la celebración de sus goles. En esos casos, Ronaldinho nunca faltó a su hábito de mirar al cielo y alzar los brazos para señalar las estrellas en homenaje a su fallecido padre, Joao. Jamás olvidó hacerlo, y a cada nuevo tanto resuena en el estadio la voz de Ulises, que se presenta en la Odisea con las siguientes palabras: «Soy Odiseo, el hijo de Laertes, el que está en boca de todos los hombres por toda clase de trampas, y mi fama llega hasta el cielo».
Si Ulises ganó fama eterna burlando a los troyanos con un caballo, Ronaldinho burló a sus rivales con la espaldinha, chutando faltas rasas y venenosas, con taconazos imposibles. Si Ulises engañó al Cíclope con su astucia, Ronaldinho hizo lo propio desde su más tierna infancia, cuando se divertía regateando a su perro. Ulises pasó media vida como un hambriento náufrago; el diez que refundó el Barça también tiene alma de marinero: nació en una ciudad de alegre puerto y más tarde se adueñó de un saludo que los surferos habían copiado de los marineros de la Polinesia cuando hacían con la mano sus mediciones astrales para orientarse.
En los peores momentos, cuando el regreso a Itaca se eternizaba, cuando el Barøa naufragó, ambos fueron retratados como unos indolentes. Pero nunca fueron los culpables de su suerte, sino víctimas de la soberbia de los hombres que estaban a sus órdenes: los unos comieron unas vacas prohibidas y atrajeron sobre Ulises la ira de los dioses, los otros olvidaron que estaban en el Barça precisamente para liberar al artista de las miserias terrenales.
Las personas con una proporción tan escandalosa de talento se ven permanentemente acompañadas por un halo de sospecha. El craque no escapó a esta tendencia, pero hasta las críticas se impregnaron de su aire romántico: le inventaron la enfermedad del beso y le llamaron gordo -nadie mejor que Ulises comprendió las miserias del «maldito estómago» cuando está vacío-.
Y como respuesta, sonrió. Es evidente que el diez carioca no se puede permitir escribir el Manual de comportamiento del perfecto crack. Pero mientras su sonrisa guíe al Barça, mientras siga convencido de que su Itaca es el Camp Nou, su equipo seguirá ganando y siendo único: el único del mundo con un futbolista que después de cada gol recuerda a todos que es Ronaldinho, el hijo de Joao, el que está en boca de todos los hombres por toda clase de genialidades, cuya fama llega hasta el cielo.
16-IV-2008. Tiroteando a Kubala
Defender a un jugador que cobra 15 millones de euros al año para jugar sólo 1.774 minutos es ardua tarea. Pero si ese jugador se llama Ronaldinho, la cosa se convierte en una cuestión de simple y llano agradecimiento.
Ronaldinho llegó a un Barça perdido en el desierto gaspartiano que no tenía dinero ni para pagar su fichaje. En Francia nadie ignoraba el idilio que mantenía el joven fenómeno con la noche parisina y la guerra sin cuartel que había abierto con su entrenador. Sin embargo, Ronaldinho llegó al solar azulgrana y se puso a sonreír, a inventar sobre el campo y a tirar de cuádriceps para levantar al club. Su alegría desterró el derrotismo del vestuario, su magia convirtió en tiempo récord a un equipo ramplón en campeón de Europa y su sonrisa devolvió al barcelonismo en pleno la creencia de ser el pueblo elegido.
Tras el Mundial de Alemania, Ronaldinho comenzó un declive futbolístico que nada tenía que ver con su relación con los bongos ni con su dieta: el problema estaba en una cabeza incapaz de gestionar la tremenda presión a la que le sometía la afición, la aparición de nuevos ídolos y la presencia de un reluciente Balón de Oro en la vitrina de su casa de Castelldefels.
Sandro Rosell, el único directivo barcelonista realmente alejado de los postulados cruyffistas y por ello el único que le quiso bien, nunca ocultó que le habría vendido en verano de 2006. Pero Laporta no se vio con fuerzas y postergó dos años la despedida. La decisión le salió bien: desde entonce, el demonizado brasileño ha absorbido en su persona todas las críticas en un club en que muchos han fallado, incluidos l’amic Jan, Txiki y Henry. La torpeza de Laporta sólo servirá para que el jugador más importante en los últimos 40 años, el heredero de Kubala, deje el Camp Nou sin el atronador y lacrimógeno homenaje que le debe el club que él mismo resucitó.
Si el fútbol es sentimiento, Ronaldinho es una sonrisa. Y el niño que llevan dentro los barcelonistas está a punto de empezar a añorarla.

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