Actitud

Merecerlo

2 junio , 2016

Se apagan los fulgores de un tremendo año futbolero y es el momento de hacer balance. Pónganse en pie y aplaudan: despidamos como se merece al Barça de la 2015-16.

El fútbol nos ha regalado esta década de los prodigios maravillas, triunfos y héroes para siempre. El fútbol nos ha curado traumas de décadas y nos ha situado en lo más alto del podio mundial. Que Messi e Iniesta sumen 27 títulos o Busquets 23, ésas son cifras tan insólitas que ayudan a dar cuenta de la magnitud de la tragedia.

Y aun así, llega esta temporada y nos regala experiencias únicas, nos lleva a dimensiones jamás visitadas. Ya me contarán cuándo vieron ustedes a un equipo ganar 4-1 en una final de Supercopa de Europa para hundirse miserablemente, dejarse empatar 4-4 y llegar a la prórroga para ganar, en el último aliento, con el milagro de un futbolista que da sus últimos toques al balón como azulgrana. Y díganme cuándo vieron al equipo resistir 55 minutos con uno menos una final de Copa para forzar la prórroga y matar ahí a un adversario al que pudo acabar goleando. No lo habíamos visto y fueron triunfos que dan la talla de la dureza mental del equipo.

Porque habitualmente, el Barça ha dejado una nota en el lugar de sus grandes triunfos. Reza así: «Somos mejores, en la vida habéis visto este fútbol, y además, Nuestra es La Bestia». No es lo que se encontró el Sevilla en estos dos títulos. Se encontró un papelito diferente, escrito en esforzada caligrafía roja: «Lo quisimos más», decía.

Y en medio de esos dos títulos, la Liga, una Liga sufridísima que estuvo en el saco durante muchos meses por la incomparecencia del Mal y la poca profundidad de banquillo del Atlético. Ante sus dos rivales, el Barça ganó tres de los cuatro partidos, perdiendo sólo cuando tenía el título (presuntamente) en el saco. Y mostró también seriedad y aplicación para reventar a equipos flojos y supo sufrir en las malas tardes, cosa que se tradujo en un total de ocho partidos ganados por la mínima. Todo ello con sólo 13 jugadores y medio.

Éste será un año para recordar que el Barça no ganó dos títulos, sino cuatro, y un año para recordar, de nuevo, que el inmenso mérito del asunto estuvo en tener que competir de nuevo cuesta arriba, con ese déficit de hambre que hace que el equipo salga en la Liga con seis puntos menos, en la Champions teniendo que remontar y en la Copa y las Supercopas con esa desidia que invoca los desastres. Y permitan ustedes: lo ha logrado sin Xavi en el equipo. El que ha sido el mejor centrocampista de la historia del club faltó por primera vez en lustros y el equipo cubrió su hueco (Rakitic puso el sudor y el orden, y La Bestia, el talento y la cirugía). Ya lo ven: no se notó.

¿Se podía hacer mejor? Pues miren. hay por ahí cuñados que no perdonan ese bajón de principios de abril. Uno no puede evitar ver a esa fatídica pájara un lado poético: fue la manera de este equipo formidable de recordarnos que no está hecho de máquinas, sino futbolistas de verdad, de los que pueden perder goleados en Vigo y en Bilbao, de los que han cedido cinco de los seis puntos ante el Valencia, de los que se dejaron empatar en el miniBernabéu de Cornellà.

Ahora que salimos del búnker y miramos al cielo y vemos que luce el sol, es el momento de tener un recuerdo para ese horror llamado Banda. Seguimos, no les engañaremos, estremecidos ante lo ocurrido. Del mismo modo que la exhibición de Messi en la final de 2011 dejó al planeta fútbol en estado de conmoción durante semanas, lo de La Banda el sábado es, sin duda, su obra maestra: goles en fuera de juego, fútbol rácano, penaltis del rival fallados, una buena dosis de infrafútbol y victoria en la tanda ante un equipo que lo mereció mil veces más. La elevación del Madrí a su máxima potencia, a Bandísima.

Pero amigos, sonrían. Éste es el tiempo que nos tocó vivir. El Barça, para ganar, engarza constelaciones de pases y desencadena tormentas de fútbol. Al Mal le sobra con un horror estético y un bochorno futbolístico al que es ajeno. ¿Duele que ganen? Pues mire, sí, pero sonrían, porque si esta Champions blanca nos tortura es porque fue la más injusta.

Mientras mantengamos esa obsesión en nuestro paladar y en nuestro corazón -hay que merecerlo-, nuestro será el balón.

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